Formas post-humanas

La llegada masiva de las tecnologías de Inteligencia Artificial de uso cotidiano, han logrado en pocos años impactar fuertemente en múltiples dimensiones, económicas, políticas y culturales. De la mano de una promoción activa tanto de gobiernos como de empresas de tecnología, las transformaciones que estamos observando en los modos en que entendemos y aplicamos el conocimiento tienen el potencial de incidir directamente en las formas en que se produce y difunde el conocimiento y las prácticas artísticas. Esta caja de Pandora que de a poco se ha ido abriendo y cuyas ramificaciones todavía no podemos observar por completo, pondrá a prueba las políticas de conocimiento que acarreamos como sociedad, y la consiguiente crisis de creatividad y laboral que conlleva mientras más se adopte como modelo hegemónico de producción cultural.

A nivel técnico, estamos siendo testigos de un advenimiento monstruoso en relación a cómo creamos: ¿es posible un futuro donde la creación artística sea principalmente hecha por “inteligencias artificiales” y distribuida a través de canales que privilegian el fragmento y lo fugaz, por sobre lo narrativo y lo extensivo? ¿Qué implica, para efectos de una comprensión de “lo humano” que esto se transforme en la norma? ¿Qué nuevas “resistencias” a este orden productivo podrían aparecer como contra-estéticas, a una cultura visual hegemónica que busca la rentabilidad rápida de sus retóricas consumadas?

Estas preguntas nos abren un campo de cuestionamientos sobre la relación entre tecnología y ser humano, sobre cómo la utilizamos y qué implica en términos epistemológicos, a partir del paradigma del humanismo. No fue sino en los albores del siglo XXI, y de la mano de una tecnificación extrema, que comenzamos a atisbar un límite difuso en torno a la condición de lo humano. Este cambio, que todavía no tiene un nombre de consenso como forma analítica de comprensión, ha demostrado ser quizás el cambio más importante en el último siglo y su principal catalizador ha sido las (hiper)tecnologías de mediación y comunicación, que han terminado por convertirse en instrumentos cotidianos de relacionamiento entre seres humanos.

Ya es notorio que estamos construyendo una cotidianidad bajo el signo y el ritmo de artefactos tecnológicos, que más que extender los sentidos humanos (como la entiende una definición clásica de tecnología), han terminado por absorberlos en un continuo epistémico-sensorial, alimentado por estímulos pasajeros y sometido a una presión constante por exhibir resultados que permitan seguir moviendo una maquinaria productiva empantanada por economías agotadas. Esta condición entra en tensión con el humanismo, concepto tributario de la ideología de la Ilustración, que señala que el ser humano es el centro de todas las cosas y es desde ahí que podemos leer y entender el mundo, a través del uso libre de sus capacidades e intereses. Por tanto, esta visión constituye una política del conocimiento que comprende al ser humano como la medida de todas las cosas, y la tecnología como herramientas que expanden (dentro de un margen material) los sentidos humanos, y no como depositarios de una inteligencia autónoma o dispositivos de generación de cultura, en sí mismos.

En el actual ecosistema de imágenes e información desbocada, nuestras propias experiencias del mundo se han convertido en momentos mediados digitalmente, construidos a partir de fragmentos de experiencias humanas que favorecen principalmente una cosmética política de las apariencias de lo humano: lo relevante es cómo nos vemos, y cómo somos venerados por eso. Considerando estos antecedentes, hay interrogantes que aparecen como relevantes: ¿Qué significa ser humanos en este presente que nos convoca? Por tanto, ¿qué significa ser humanistas? ¿Cómo entender el humanismo en un momento donde su condición de posibilidad pareciera encontrarse ahogada por las dinámicas y los poderes que confluyen en los modos hegemónicos actuales de comunicación social, cumpliendo la idea de que “la imagen por la imagen” es una forma de conocimiento válida, reduciendo al ser humano a una mediación performática de sí mismo?

Una reflexión sobre el humanismo, en especial a partir de este punto de vista, difícilmente podría abordarse de forma integral sin recurrir a lo artístico como uno de sus pilares críticos fundamentales. El desarrollo filosófico del humanismo estuvo fuertemente vinculado al arte como espacio de expresión de lo humano, como una facultad propia de nuestra especie para poder dejar testimonio de nuestra ansia de trascendencia, a partir de la búsqueda de una belleza figurativa que pudiera contener, en un espacio determinado, una experiencia afectiva sensible. Esta experiencia constituía a su vez una forma de conocimiento sobre el mundo, a nivel técnico (“¿cómo se realizó la obra?”) y a nivel simbólico (“¿qué nos quiere decir la obra y cómo nos dice aquello?”), siendo las dos dimensiones analíticas principales desde donde leíamos las obras. Estas preguntas, a su vez, devinieron en cuestiones políticas en el siglo XX, atendiendo al hecho que la creación artística también tiene un componente político en tanto forma de conocimiento que es a su vez ímpetu de transformación. Esta interpretación se nutría de un modelo epistémico moderno que, al igual que el humanismo, comprendía al ser humano como el centro dispensador y fin último de su creación: una suerte de teología laica para darle forma y sentido al mundo.

Para el Foro de las Artes 2025 proponemos una línea temática en torno a una reflexión sobre arte, mediaciones, conocimientos y tecnologías, que interpele el sentido del humanismo en una época donde vivimos profundos cambios culturales, sustentado en buscar nuevas formas de relacionar lo técnico y lo humano. Proponemos repensar los límites del concepto de humanismo a través de las prácticas artísticas, manifestando las tensiones actuales de un arte cruzado por dos movimientos pendulares: aquel que se abre  a las tecnologías como también el que resiste frente a sus imposiciones de forma y contenido. Esta situación también es reflejo de la condición actual de un capitalismo acelerado, el cual influye en los usos y formas que las tecnologías de creación realizan y cómo afectan nuestras relaciones sociales y culturales. Al respecto, la creación artística, espacio lúdico por su propia naturaleza, permite explorar y desplegar las potencialidades de las nuevas tecnologías con fines emotivos, afectivos, estéticos y sensoriales, lo que también nos puede movilizar a reflexiones éticas que recién como sociedad estamos empezando a delimitar. 

En un contexto de temporalidad acelerada, los procesos creativos nos ofrecen distintos caminos para encontrar sentido a través de nuevos modos de comprensión de la imaginación. Pareciera ser que es la liberación de la imaginación (una característica que aunque presente en muchos animales, pareciera solamente en el ser humano encontrar un caldero efervescente de producción y sentido) la que puede contrarrestar, a través de un ejercicio creativo crítico y situado, el sentimiento de estancamiento que parece permear el tejido social. En un contexto donde la crisis parece ser el sino de su condición existencial, la imaginación es el modo de resarcir un vínculo fundamental para el desarrollo humano, entre sentimiento y realidad. Es, en otras palabras, la condición sine qua non para sostener un presente sensible que permita imágenes de un futuro posible. De acuerdo a esta hipótesis, lo post-humano no sería sino una revuelta que intenta, en el océano de ilusiones que buscan prefigurar qué somos y qué podemos hacer, encontrar el nuevo signo de lo humano en la forma y la materia que constituyen este (nuevo) presente.  

Lo que está en juego, es esa condición de sutil resistencia.

La llegada masiva de las tecnologías de Inteligencia Artificial de uso cotidiano, han logrado en pocos años impactar fuertemente en múltiples dimensiones, económicas, políticas y culturales. De la mano de una promoción activa tanto de gobiernos como de empresas de tecnología, las transformaciones que estamos observando en los modos en que entendemos y aplicamos el conocimiento tienen el potencial de incidir directamente en las formas en que se produce y difunde el conocimiento y las prácticas artísticas. Esta caja de Pandora que de a poco se ha ido abriendo y cuyas ramificaciones todavía no podemos observar por completo, pondrá a prueba las políticas de conocimiento que acarreamos como sociedad, y la consiguiente crisis de creatividad y laboral que conlleva mientras más se adopte como modelo hegemónico de producción cultural.

A nivel técnico, estamos siendo testigos de un advenimiento monstruoso en relación a cómo creamos: ¿es posible un futuro donde la creación artística sea principalmente hecha por “inteligencias artificiales” y distribuida a través de canales que privilegian el fragmento y lo fugaz, por sobre lo narrativo y lo extensivo? ¿Qué implica, para efectos de una comprensión de “lo humano” que esto se transforme en la norma? ¿Qué nuevas “resistencias” a este orden productivo podrían aparecer como contra-estéticas, a una cultura visual hegemónica que busca la rentabilidad rápida de sus retóricas consumadas?

Estas preguntas nos abren un campo de cuestionamientos sobre la relación entre tecnología y ser humano, sobre cómo la utilizamos y qué implica en términos epistemológicos, a partir del paradigma del humanismo. No fue sino en los albores del siglo XXI, y de la mano de una tecnificación extrema, que comenzamos a atisbar un límite difuso en torno a la condición de lo humano. Este cambio, que todavía no tiene un nombre de consenso como forma analítica de comprensión, ha demostrado ser quizás el cambio más importante en el último siglo y su principal catalizador ha sido las (hiper)tecnologías de mediación y comunicación, que han terminado por convertirse en instrumentos cotidianos de relacionamiento entre seres humanos.

Ya es notorio que estamos construyendo una cotidianidad bajo el signo y el ritmo de artefactos tecnológicos, que más que extender los sentidos humanos (como la entiende una definición clásica de tecnología), han terminado por absorberlos en un continuo epistémico-sensorial, alimentado por estímulos pasajeros y sometido a una presión constante por exhibir resultados que permitan seguir moviendo una maquinaria productiva empantanada por economías agotadas. Esta condición entra en tensión con el humanismo, concepto tributario de la ideología de la Ilustración, que señala que el ser humano es el centro de todas las cosas y es desde ahí que podemos leer y entender el mundo, a través del uso libre de sus capacidades e intereses. Por tanto, esta visión constituye una política del conocimiento que comprende al ser humano como la medida de todas las cosas, y la tecnología como herramientas que expanden (dentro de un margen material) los sentidos humanos, y no como depositarios de una inteligencia autónoma o dispositivos de generación de cultura, en sí mismos.

En el actual ecosistema de imágenes e información desbocada, nuestras propias experiencias del mundo se han convertido en momentos mediados digitalmente, construidos a partir de fragmentos de experiencias humanas que favorecen principalmente una cosmética política de las apariencias de lo humano: lo relevante es cómo nos vemos, y cómo somos venerados por eso. Considerando estos antecedentes, hay interrogantes que aparecen como relevantes: ¿Qué significa ser humanos en este presente que nos convoca? Por tanto, ¿qué significa ser humanistas? ¿Cómo entender el humanismo en un momento donde su condición de posibilidad pareciera encontrarse ahogada por las dinámicas y los poderes que confluyen en los modos hegemónicos actuales de comunicación social, cumpliendo la idea de que “la imagen por la imagen” es una forma de conocimiento válida, reduciendo al ser humano a una mediación performática de sí mismo?

Una reflexión sobre el humanismo, en especial a partir de este punto de vista, difícilmente podría abordarse de forma integral sin recurrir a lo artístico como uno de sus pilares críticos fundamentales. El desarrollo filosófico del humanismo estuvo fuertemente vinculado al arte como espacio de expresión de lo humano, como una facultad propia de nuestra especie para poder dejar testimonio de nuestra ansia de trascendencia, a partir de la búsqueda de una belleza figurativa que pudiera contener, en un espacio determinado, una experiencia afectiva sensible. Esta experiencia constituía a su vez una forma de conocimiento sobre el mundo, a nivel técnico (“¿cómo se realizó la obra?”) y a nivel simbólico (“¿qué nos quiere decir la obra y cómo nos dice aquello?”), siendo las dos dimensiones analíticas principales desde donde leíamos las obras. Estas preguntas, a su vez, devinieron en cuestiones políticas en el siglo XX, atendiendo al hecho que la creación artística también tiene un componente político en tanto forma de conocimiento que es a su vez ímpetu de transformación. Esta interpretación se nutría de un modelo epistémico moderno que, al igual que el humanismo, comprendía al ser humano como el centro dispensador y fin último de su creación: una suerte de teología laica para darle forma y sentido al mundo.

Para el Foro de las Artes 2025 proponemos una línea temática en torno a una reflexión sobre arte, mediaciones, conocimientos y tecnologías, que interpele el sentido del humanismo en una época donde vivimos profundos cambios culturales, sustentado en buscar nuevas formas de relacionar lo técnico y lo humano. Proponemos repensar los límites del concepto de humanismo a través de las prácticas artísticas, manifestando las tensiones actuales de un arte cruzado por dos movimientos pendulares: aquel que se abre  a las tecnologías como también el que resiste frente a sus imposiciones de forma y contenido. Esta situación también es reflejo de la condición actual de un capitalismo acelerado, el cual influye en los usos y formas que las tecnologías de creación realizan y cómo afectan nuestras relaciones sociales y culturales. Al respecto, la creación artística, espacio lúdico por su propia naturaleza, permite explorar y desplegar las potencialidades de las nuevas tecnologías con fines emotivos, afectivos, estéticos y sensoriales, lo que también nos puede movilizar a reflexiones éticas que recién como sociedad estamos empezando a delimitar. 

En un contexto de temporalidad acelerada, los procesos creativos nos ofrecen distintos caminos para encontrar sentido a través de nuevos modos de comprensión de la imaginación. Pareciera ser que es la liberación de la imaginación (una característica que aunque presente en muchos animales, pareciera solamente en el ser humano encontrar un caldero efervescente de producción y sentido) la que puede contrarrestar, a través de un ejercicio creativo crítico y situado, el sentimiento de estancamiento que parece permear el tejido social. En un contexto donde la crisis parece ser el sino de su condición existencial, la imaginación es el modo de resarcir un vínculo fundamental para el desarrollo humano, entre sentimiento y realidad. Es, en otras palabras, la condición sine qua non para sostener un presente sensible que permita imágenes de un futuro posible. De acuerdo a esta hipótesis, lo post-humano no sería sino una revuelta que intenta, en el océano de ilusiones que buscan prefigurar qué somos y qué podemos hacer, encontrar el nuevo signo de lo humano en la forma y la materia que constituyen este (nuevo) presente.  

Lo que está en juego, es esa condición de sutil resistencia.